Tuesday, July 31, 2012

Detroit Agro


Hubo una vez un sueño: Detroit, la París de Estados Unidos, el sueño americano del desarrollismo en su mejor ejemplo que era la industria automovilística.
Su esquema urbano no difería de otras grandes urbes americanas; un centro financiero y de servicios, una periferia industrial y una ultraperiferia residencial rodeados y abrazados por cinturones de autopistas y vías férreas... era una ciudad pujante, sede de las más conocidas compañías automovilísicas dede Estados Unidos. Tan era así que la ciudad era conocida como Motown, o sea, la ciudad del motor y Detroit era sinónimo de coches, sin más.
Pero todo cambia, o si no cambia, muere. Detroit sufrió un colapso en su industria automovilística, no un colapso puntual sino sistémico pues la segunda crisis del petróleo de principios de los 80 comenzó un declive que fue generando cambios y bandazos en la industria y el comercio de los coches.


Fue un ejemplo de no poder adaptarse a tiempo al cambio.

Según todo iba decayendo ocurrió como con una planta enferma; la savia se fue concentrando cada vez más en el centro y se marchitaba de fuera a adentro. La ultraperiferia era azotada por el paro galopante y, como se demostró en Marienthal, el paro masivo lejos de impulsar un cambio o una revolución lo que provocó fue pasividad y desánimo.

Lo siguiente fue la fama, pero no la buena, sino la mala por el incremento de la criminalidad. En realidad no se diferenciaba demasiado estadísticamente en sucesos de otras ciudades pero sí en la gravedad de estos y la reincidencia de los delincuentes. La película futurista Robocop recoge esta época de la ciudad para desarrollar su historia.

Y, finalmente, la resignación... una ola migratoria sacudió Detroit al percibir sus gentes que no había futuro y con eso quedaron numerosos espacios públicos y fábricas en total abandono: El sueño había acabado y al despertar sólo había desolación.

Las ciudades sufren a lo largo de su historia cambios en su desarrollo económico, lo normal es que estos avancen del sector secundario, industria, al terciario, servicios... Detroit fue a la contra, volvió al sector primario:

Los pocos habitantes que quedaban, aún parados y sin esperanza de volver a sus antiguos trabajos, se dieron cuenta de que podían autosostenerse plantando un huerto en el jardín abandonado de la casa. Esa disposición extra de alimentos tuvo un efecto curioso en los habitantes; animados por la experiencia y el resultado de conseguir su propio sustento pronto empezaron a cultivar de forma conjunta en los abandonados parques y fábricas a modo de cooperativas consiguiendo revitalizar el comercio e incrementando su calidad de vida.

El documental Urban Roots se hace eco de este cambio social en Detroit, no exento de dificultades pero ahora en pleno auge.

Lo cierto es que a lo largo del tiempo las iniciativas de huertos sociales han tenido un largo y complejo recorrido, con iniciativas tan curiosas como pogramas de hidroponía para comunidades de América Latina con suelos degradados por actividades como la minería que hacían imposible el cultivo tradicional, plantas de energía solar para alimentar las bombas de extracción de agua en el Sahel africano o ciertas experiencias de reintroducción de variedades más resistentes de arroz en comunidades asiáticas pero todas estas iniciativas en su diversidad tenían algo en común; la aceptación por parte de la comunidad del cambio propuesto y el necesario protagonismo en última instancia de la misma... los huertos sociales no funcionan si son impuestos, o peor, presentados como algo paliativo sin visos de continuidad ni posibilidad de prosperidad.
Esta experiencia nos demuestra que el futuro, siempre ignoto, es también abierto a desconocidas soluciones y probabilidades. Giros inesperados que en ocasiones nos ponen ante un espejo que desnuda nuestra realidad haciéndonos a veces más humanos.