Ávatar


Ayer fui a ver Ávatar, entre otras cosas por supuesto que hay que aprovechar los viajes. Sí, la entrada es cara, más si uno quiere ir al cine en familia. Y el resultado de la tecnología 3D en las ventas de los cines aún es discutible pero ahora quiero hablar de la película. Fui a disfrutarla y no a buscar los defectos que los críticos hayan podido señalar. Fui con el ánimo de evadirme, eso es todo.


Ávatar me resultó una experiencia visual impactante, no sólo por los efectos Digital 3D sino además por la historia narrada en sí. En cierto sentido me resultó familiar el argumento de la aculturación que experimenta el protagonista de una forma similar al personaje de Bailando con Lobos: En un guiño actual el protagonista narra sus experiencias en un videolog mientras que Kevin Costner lo hacía en un diario.

Toda la película es una fantástica alegoría a nuestra época; la tecnología informática (pantallas holográficas, el tan ansiado e-paper, la realidad aumentada y la realidad virtual con aplicaciones en robótica), el nuevo colonialismo empresarial y el auge del nuevo quinto poder o lo que es lo mismo, el riesgo de que el poder político sea ocupado por los sectores de producción y financieros, casi siempre motivados por conseguir acceso y monopolio a los recursos naturales cada vez más escasos, la terapia genética y sus aplicaciones y riesgos ( los propios avatares; seres mixtos alienígena-humano dirigidos por el pensamiento), lo políticamente correcto (el héroe es un discapacitado físico, un parapléjico), el peligro de la guerra preventiva, la nueva tendencia ecologista que propugna no ya el mero conservacionismo sino el simple respeto a nuestra propia interrelación con el planeta, y el respeto hacia el otro, relacionado con el racismo y los conflictos indígenas que aún hoy día padecemos. Guiños al problema del fanatismo religioso y a la nueva conciencia planetaria en cierto sentido inspirada en los planteamientos de la Teoría de Gaia.

Me gusta James Cameron porque narra la tragedia pero no nos deja con un regusto amargo de finales tristes sino más bien de finales de esperanza abiertos, eso sí, bastante influidos culturalmente con el espíritu americano.

Pandora, la luna en la que se desarrolla la acción orbita alrededor de un planeta gigante gaseoso… después de Marte, donde más probabilidades hay de encontrar vida en nuestro sistema solar es en las lunas de los planetas gigantes Júpiter y Saturno; Europa, Titán y Encelado.

Pero hasta Pandora nos hemos llevado el eterno conflicto de nuestra especie; el militar y el científico, la fuerza y la inteligencia, la espada y la pluma. Parece un matrimonio mal avenido que sin embargo se quieren. En el reto de la conquista espacial y la llegada a Marte también nos llevaremos ese conflicto… ya lo hicimos con la Luna.

Me pregunto si en el universo seríamos una de las especies más estúpidas, o más belicosas… a lo mejor lo más inteligente que haya por el vecindario galáctico pero parece que vayamos a donde vayamos lo primero que meteremos en la maleta será a nosotros mismos.

La estética video juego de la película, el propio título es una referencia explícita, también me pareció familiar. Después de todo hay que captar a un público cada vez más joven y cada vez también más exigente, sobre todo con lo que ellos llaman “gráficos”… para ellos las 625 líneas de la televisión son tiempos prehistóricos pero en realidad el relativismo del tiempo nos ha hecho encoger los años al mismo tiempo que los chip. Eso sí, el tiempo sigue una línea más o menos corta pero sigue siendo lineal y eso hace que los contenidos, lo que expresan esos gráficos, siga siendo lo de siempre.

Todavía necesitamos crecer y vivir más para captar el profundo mensaje de la historia de Pandora.

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